sábado, agosto 18, 2018




MERCEDES FERNÁNDEZ/ El optimismo es un concepto que, de entrada, puede presentar varios matices dado que no se trata de un término universal. El optimismo tiene un componente cultural ya que según el lugar donde se viva, la ciudadanía puede ser más o menos optimista.

Según los expertos, ¡el optimismo se contagia!, por lo que también tiene un componente genético. De hecho, los psicólogos avalan esta premisa en la que aseguran que el 30% del optimismo que tiene una persona es “heredado”. Así, un niño que crece en un entorno de cariño, con adultos alegres y con estímulos, tiene mayor probabilidad de ser optimistas cuando sean mayores.

El optimista tiene unas cualidades que lo hacen fuerte ya que su perseverancia en conseguir los objetivos, el no tirar la toalla tan fácilmente y el afrontar la vida pese a las adversidades con frases como ‘lo bueno de todo esto es...’, ‘lo que hemos aprendido es…‘, ‘podía haber sido peor’… ayuda a llevar una vida más sana y feliz.

El optimismo es uno de los rasgos de la personalidad más vinculados al bienestar psicológico. El problema viene cuando algunos estudios han encontrado que no siempre tener un mayor grado de optimismo está relacionado con mejores resultados de salud.

En este caso en concreto, se hace referencia a personas con enfermedades graves las cuales se enfrentan a ella de una manera optimista; lo que a veces les lleva a subestimar el número de síntomas y a hacer pronósticos excesivamente positivos en relación a su evolución o recuperación. Esto puede hacer que hagan menos caso a las prescripciones médicas y que tengan un menor compromiso con la puesta en marcha de hábitos saludables.

Por ello, es importante seguir investigando bajo qué condiciones y en qué grado el optimismo puede ser más o menos beneficioso, principalmente, para no rozar la delgada línea que separa ser optimista con ingenuidad. Se puede ser optimista y ser consciente de la realidad, valorando pros y contras de la situación.



Esto es sólo un apunte de alerta. Hay estudios que han demostrado que, por norma general, si se tiene una actitud positiva ante una enfermedad, el optimismo favorece la realización de conductas saludables y la puesta en marcha de estrategias para afrontar el estrés y los problemas de salud, lo que favorece la recuperación. Por ejemplo, las personas optimistas suelen cuidar más los hábitos de alimentación, de descanso y realizar más deporte.

Estudios previos ya habían revelado que los optimistas presentan niveles más bajos de cortisol, que es una hormona que contribuye a elevar la presión sanguínea, aumentar la grasa abdominal y debilitar el sistema inmune, lo que contribuiría a proteger su salud.

El optimismo es más bien una actitud para afrontar la vida y si aporta tantos beneficios, ¿por qué no se trabaja?

Fuentes: Cinco Días, Universidad Internacional de Valencia, La Vanguardia, Tupsicología.com
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