domingo, diciembre 9, 2018

MERCEDES FERNÁNDEZ/ Según, la Asociación Americana de Psicología “el estrés crónico desgasta a las personas día tras día, año tras año y destruye al cuerpo, la mente y la vida”.

El estrés crónico es aquel que se produce de forma constante en nuestra vida diaria y hace que se adquieran hábitos poco saludables como comer de más y de peor calidad.

Muchas veces el hecho de que se coma peor viene influenciado por una mala calidad del sueño fruto, a su vez, de esa situación de estrés por la que se está atravesando. Por lo que, la persona entra en un círculo vicioso, a veces, difícil de romper y de ahí, que el estrés pase de ser de agudo, a crónico.

El aumento de la cantidad de comida ingerida viene porque el estrés crónico anula la actividad de la leptina -una proteína que informa al hipotálamo de que tiene suficientes reservas y que debe regularse el apetito-.

Entonces, ante un reducido estado nutricional, los niveles de leptina bajan en el organismo, produciendo más hambre y más apetito; así como una disminución del gasto calórico y una menor saciedad en lo que se come.



 

“Estos comestibles ricos en carbohidratos, grasas y azúcares causan el mismo efecto en el cerebro que la cocaína, la nicotina, el alcohol y la actividad sexual”

 

Todo esto hace que se aumente tanto la ingesta de alimentos agradables al paladar y altamente adictivos, como la frecuencia con la que se hace.

El estrés crónico interrumpe el sueño y desequilibra los niveles de azúcar en la sangre; por lo que lleva a un aumento del hambre y a transformar la comida en escape emocional.

“Cuando las personas se enfrentan a una situación de estrés, una reacción en cadena se pone en marcha en el cuerpo la liberación de cortisol en grandes cantidades. Esta hormona está implicada en una amplia variedad de procesos biológicos como, por ejemplo, la acumulación de grasa corporal. Además, el estar estresado también puede hacer que dé más pereza ir a correr o tomar alimentos más saludables”.



La médica nutricionista y directora del centro de Docencia, Asistencia e Investigación de la Sociedad Argentina de Obesidad y Trastornos Alimentarios, Rosa Labanca, dice que está demostrado que “productos como las galletitas, los chocolates, y otros ricos en carbohidratos, grasas y azúcares causan el mismo efecto en el cerebro que la cocaína, la nicotina, el alcohol y la actividad sexual”. 

La doctora aclara que “aumenta la dopamina, una sustancia asociada al placer. La persona con dopamina baja debido al estrés crónico, recibe una gratificación al ingerir esos alimentos. Sube la dopamina transitoriamente y necesita ingerir más”.

Cuando el cuerpo está estresado, entra en el modo “luchar o huir”. Esto pasa porque el cuerpo cree que está bajo ataque y libera glucosa en sangre para proporcionar energía a los músculos. Pero si no se necesita esa energía para escapar del “peligro”, el páncreas bombeará insulina para reducir de nuevo los niveles de azúcar en la sangre.

Estos niveles crecientes de insulina y la disminución de los niveles de azúcar en la sangre harán que la persona sienta hambre, razón por la cual se demandan los carbohidratos azucarados cuando se está cansado. Y lo mismo sucede cuando se duerme mal una noche.

 

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