martes, octubre 23, 2018

M.F/ Existen infinidad de casos, o más bien, de acciones diarias en las que el cerebro y el estómago están íntimamente conectados. Lo que pasa es que las tenemos tan mecanizadas que no nos damos ni cuenta de esta relación.

 

Alguna vez han pensado ¿por qué sentimos “mariposas en el estómago” cuando nos enamoramos? ¿por qué nos duele el estómago cuando estamos nerviosos o sentimos miedo? o ¿por qué masticar bien los alimentos ayuda a perder peso?

 

Pues bien, la explicación está en las 100 millones de neuronas que hay en el estómago que, por cierto, son muchas más de las que contiene la columna vertebral. De ahí, que el estómago sea conocido como el “pequeño o segundo cerebro”.

 

Estas neuronas recubren el sistema digestivo permitiendo establecer un contacto más cercano y directo con el cerebro, a través del nervio vago, que a menudo regula nuestro estado emocional.



 

Y aunque este pequeño cerebro no piensa de una forma tan compleja como el órgano principal, es muy importante en el proceso diario, por ejemplo, de la trituración de alimentos durante la digestión, así como en la mezcla y absorción que, a su vez, favorece una correcta extracción de los nutrientes y vitaminas que necesitamos.

 

Cuando comemos, la comida tarda 20 minutos en ir del estómago al íleon (parte del intestino delgado que está comprendida entre el yeyuno y el principio del intestino grueso y que ayuda a la secreción, absorción y motilidad, que completan el procesado de los nutrientes), causando la liberación de la hormona que le dice al cerebro “estoy lleno”.

 

Por esta razón es mejor comer despacio pero muchas veces ciertos factores nos lleva a “engullir” o a no ingerir los alimentos lentamente.

 

En este sentido, la psicóloga del Deporte y la Salud, Patricia Ramírez, aconseja con un truco que se llama La regla de los 10 minutos en el que dice que “prohibirte comer algo es algo muy tentador. Pero cuando decides, en lugar de prohibir, retrasar 10 minutos, el cerebro lo entiende como un objetivo a largo plazo y deja de desearlo de manera compulsiva”.

 

El intestino puede influir en la química de tu estado de ánimo, emociones, sistema inmunológico y salud a largo plazo ya que el 90% de la serotonina -hormona del bienestar- se produce en el intestino.

 

De ahí, que muchos sentimientos -como lo que se citan a continuación- se reflejen en el segundo cerebro:

Los “sentidos” de  nuestro estómago

 

Memoria: La proteína que quema la grasa corporal se encarga también de la memoria; por eso los obesos son más propensos a la demencia.

 

Bienestar: El estado de ánimo se aloja en el estómago, ya que ahí se produce y almacena el 90% de la serotonina, la ‘hormona de la felicidad’.

 

Sueño: Cuando relajamos las tripas, nuestras neuronas estomacales producen benzodiazepinas, que relajan e inducen el sueño.

 

Estrés:Ante una emergencia, el cerebro toma energía del intestino. Las tripas se ‘rebelan’ y envían señales como malestar estomacal.

 

Gula:Las billones de bacterias que se alojan en el intestino eligen sus propios nutrientes para prosperar: a veces son más golosas que tú.

 

Miedo:El pánico hace que el cerebro espante al intestino grueso. Éste ya no dispone de tiempo para absorber líquido y el resultado es diarrea.

Imagen: Web Mi libreta coaching.
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