martes, octubre 23, 2018

M.F./ Según los datos históricos, es difícil determinar con precisión la fecha concreta de la implantación del árbol, concretamente un abeto, como símbolo de la llegada de la Navidad a nuestros hogares. Los primeros pasos que se dieron a este respecto se remontan a la era precristiana cuando adquirieron la costumbre de adornar las casas con hojas y plantas verdes durante esta época del año porque recordaba al verano.

 

Sin embargo, no fue hasta el año 1605 cuando en el suroeste de Alemania decidieran poner el primer árbol, implantándolo, de esta manera, como simbología navideña. Más tarde llegó a Finlandia (año 1800), a Inglaterra (1829) y, así hasta que se extendió en toda Europa, inclusive nuestro país.

 

Corría el año 1870 cuando una rusa, Sofía Troubetskoy, -esposa viuda del duque de Morny (hermanastro de Napoleón III)- tuvo la idea de, no sólo poner el árbol en Navidad, sino de decorarlo (como lo hacemos hoy en día) en el madrileño palacio de Alcañices, ubicado en el paseo del Prado. Costumbre que seguimos manteniendo en la actualidad desde aquel entonces.

 

 

OTRAS TRADICIONES

Poco a poco, el hecho de adornar las casas con árboles de Navidad se fue extendiendo hasta que se trasladó a las calles y lugares públicos de la geografía mundial hasta el punto de que hay muchos sitios donde se han batido récords por diferentes motivos. Por su precio, como es el caso de Dubai donde se encuentra el árbol más caro del mundo, a la entrada del hotel Emirates Palace; por su tamaño, ubicado en la pendiente del monte Ingino en la italiana localidad de Gubbio, donde puede verse desde todos los puntos del pueblo; e incluso, algo más fuera de lo común como es un árbol flotante en Río de Janeiro que este año mide 85 metros, pesa 542 toneladas, tiene 3,1 millones de microlámparas, 120 mil metros de mangueras luminosas, 100 reflectores de led y ocupa una base 810 metros cuadrados sobre 11 flotadores.

 

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